martes, 1 de septiembre de 1998

La Argentina del fin del milenio

Menem ganó cierta batalla ideológica.

A partir de su llegada al poder, el presidente y su grupo de "apóstoles" comenzaron a desarrollar una estrategia que apuntaba, claramente, a desprestigiar a la oposición. Esta estrategia se basaba en la "muerte de la ideologías", en la descalificación de la política, y recordar las "calamidades" del pasado. Así como durante el gobierno de Alfonsín se trató de mantener vivo en la memoria popular el recuerdo de las atrocidades de la dictadura (para lo cual contribuyó la formación de la Co.Na.De.P., el enjuiciamiento de los genocidas y la publicación del "Nunca más"); el gobierno de Menem se caracterizó por mantener vivo el recuerdo de la hecatombe económica de los últimos seis meses de gobierno de Alfonsín, y sólo faltó la publicación de un "Nunca más" económico...

No nos equivocábamos cuando decíamos, hace casi una década, que el actual gobierno apuntaba a la desmovilización popular como uno de los pilares en que sustentaría su política de dominación.

Hacer política en La Argentina de hoy es totalmente distinto que haberlo hecho algunos años atrás. Habíamos dicho, también, que este gobierno apuntaba (por convicción o por incapacidad) a la destrucción del sistema; hoy podemos decir, sin temor a equivocarnos, que su prédica ha calado muy hondo en muchísimos argentinos, y que ha tenido un cierto triunfo ideológico.

Y ese es, muy probablemente, uno de los mayores logros de este gobierno. Menem ganó la batalla e instauró un modelo político diferente (en parte producto o hijo del proceso); más acorde con el fin del milenio, el posmodernismo y todo esto que nos quieren hacer "comer" de la mano de la globalización.

En Buenos Aires he perdido mil batallas,
pero hay una guerra que pienso ganar ("Buenos Aires", Páez - Sabina)

La patria menemista, o la Argentina trucha.

De la mano de estos conceptos tan simples, llegamos al primer mundo; y ese primer mundo argentino, como casi todo lo hecho en la Argentina de los últimos años, resultó ser trucho.

El primer mundo nos aportó una nueva ideología (a pesar de la tan mentada muerte de las mismas), y esa ideología resultó ser la apoteosis de la truchada.

Libertad de prensa trucha: no se puede hablar de libertad de prensa cuando los medios de prensa están concentrados en dos o tres manos amigas del poder, o cuando se canjeó la concesión de los aeropuertos (al dueño de uno de esos grupos) por el silencio de varios periodistas.

Mercado trucho: la invisible mano del mercado (que ya sabíamos de antemano que no existía) no puede aparecer donde la competencia está dada por una multiplicidad de marcas todas pertenecientes a un mismo dueño o, en algunos rubros, dos. Aquí, y en todo el mundo, eso se llama monopolio y oligopolio.

Estabilidad trucha: en los años de la convertibilidad, ¿de cuánto ha sido la inflación?

Diputados truchos: como el que se usó para aprobar alguna ley de privatización.

Fiscales truchos: como el caso del hijo de la pitonisa personal del presidente.

Suprema Corte de Justicia trucha: ¿hace falta algún comentario?

El triunfo de Menem, consiste en que nadie se sorprenda por estas cosas. Se ha perdido la capacidad de asombro. Todo está permitido, todo vale. He escuchado gente que, en medio de toda esta hecatombe moral, justifica la construcción de la "casita" de Anillaco porque "si Urquiza se hizo el Palacio San José..."

Si un símbolo hay de la "Patria menemista", y del profundo cambio impuesto a nuestro querido país, éste es el Mc Donalds ubicado en la esquina de Rivadavia y Angel M. Gimenez, en el porteño barrio de Caballito: hasta hace una década ese edificio era la sede central de la Cooperativa El Hogar Obrero.

El 1% quiero esto torcer, el 9% tiene el poder
de lo que queda el 50 sólo come
y el resto se muere sin saber por qué
es mi país, es el país de Cristo
damos todo sin recibir
es mi país, es un país esponja
se chupa todo lo que pasó ("Los Salieris de Charly", León Gieco)

Los políticos viven, cada vez más, apartados de la realidad.

Cuando hablamos de políticos no nos referimos sólo a los dirigentes, sino también a la militancia.

Quién milita en política lo hace, en la inmensa mayoría de los casos, para ayudar a la gente; y la gente tiene, en la inmensa mayoría de los casos, la sensación de que lo hacen para beneficiarse con algún tipo de prebenda.

¿A qué puede deberse semejante diferencia de apreciación? En parte a la antedicha campaña en contra de la política desarrollada desde el gobierno, pero también a que es evidente que estamos fallando a la hora de transmitir determinado tipo de conceptos. El hecho de que, casi a diario, escuchemos hablar (y hablemos) de una "clase política" no hace más que marcar la diferencia entre quienes están y quienes no. Y, como dice cierto slogan publicitario, "pertenecer tiene sus privilegios". Y eso es lo que la mayoría de la gente cree.

Es indispensable romper con esta imagen de separación, y para ello es fundamental una estrategia de comunicación. No alcanza con declamar "estamos con la gente"; ya que, si es necesario contarle a la gente que estamos con ellos, es porque nuestra presencia no es muy notoria que digamos... y, seamos honestos, a todos nos molesta que nos quieran hacer creer algo que no estamos viendo.

En Buenos Aires la política,
que falta de respeto, que atropello a la razón ("Buenos Aires", Páez - Sabina)

Quedan esperanzas, a largo plazo, de un cambio profundo.

Al final de la dictadura decíamos que era necesario un cambio cultural, y que eso demandaría varias décadas. Hoy podemos ver con alivio como ese cambio comienza a darse.

La lucha y la rebeldía de los estudiantes secundarios viene a traer el oxígeno necesario para darnos cuenta de que no ha sido todo en vano; y que, de la mano de estos quince años de democracia, ha crecido una nueva generación que tiene sueños, utopías y ganas de luchar por ellos. Pero, fundamentalmente, que no tiene miedo, ni ninguna de las trabas culturales impuestas por tantos años de dictaduras.

De todos modos, no debemos dejar de ser realistas y ser conscientes del desastre que nos va a dejar una década de menemismo. La tarea no será tan facil, y demandará mucho tiempo la reconstrucción de todo lo que se destruyó en estos diez años.

Absurdo suponer que el paraíso
es sólo la igualdad, las buenas leyes
el sueño se hace a mano y sin permiso
arando el porvenir con viejos bueyes ("Llover sobre mojado", Silvio Rodríguez)


Luis Morales Torres - Septiembre de 1998