viernes, 14 de septiembre de 2001

Sobre la reacción de mucha gente ante el atentado

Carta enviada al programa radial "Aire comprimido", que se emitía por FM Rock & Pop (95.9 Mhz), de lunes a viernes, de 6 a 9 Hs.

Hola, les escribo para comentarles algo que me pasa con relación a la reacción de la mayoría de los argentinos ante los atentados en EEUU.

La Argentina es un país que siempre se caracterizó, entre otras cosas, por hacer chistes con relación a todo:

- se hicieron chistes con la muerte de Menem (h);
- se hicieron chistes con la muerte de Yabrán;
- se hicieron chistes sobre el holocausto;
- se hicieron chistes sobre la voladura de la AMIA;
- se hicieron chistes con la muerte de Olmedo;
- se hicieron chistes con la muerte de Rodrigo;
- se hacen chistes denigrantes sobre negros, judíos, gallegos, o ideologías machistas y feministas...

y no debe sorprender, tal vez, que desde apenas dos horas después de los atentados ya circularan toda clase de chistes relacionados con el mismo; pero hacer chistes con relación a estos atentados (como una forma de, dentro de la tensión, intentar distender o "desdramatizar" la situación) es causal de todo tipo de críticas e insultos, parece que con los yanquis no se jode...

Les cuento que me siento muy molesto con alguna cosas que se relacionan con el atentado; y quisiera compartirlas con Uds., ya que considero que, tal vez, me puedan dar un punto de vista o una interpretación que me ayude a dejar de sentir este hormigueo.

En principio, aclaro, coincido casi en su totalidad con el artículo escrito por Mempo Giardinelli (en Página 12) que leyeron ayer. Me parece tonto tener que hacer cierto tipo de aclaraciones pero, en estos días, he tenido que aclarar que:
- me parece aberrante cualquier muerte;
- me parece aberrante que (algunos que no se sabe quiénes son) maten a 20000 tipos en un atentado en New York, como me parece aberrante que los yanquis vayan a borrar del mapa a uno o más países solo porque necesitan sangre para calmar su sed de venganza.

Creo que los yanquis deberían preguntarse seriamente por qué más de media humanidad los odia, y por qué hay gente dispuesta a hacer algo semejante; personalmente creo que, como nación, han hecho méritos más que suficientes como para que en algún momento alguien pensara en hacerles algo de este calibre (que, insisto, me parece aberrante).

Pero, me hago las siguientes preguntas:
¿Por qué se vive este atentado de un modo tan dramático? (más allá de la guerra que pueda desatar, que no es por eso por lo que se dramatiza)
¿Por qué se están haciendo circular cadenas de rezos por las víctimas?
¿Por qué se están haciendo circular fotos de las explosiones y/o derrumbes con leyendas de "Dios bendiga a América"?
¿Por qué todo el mundo se acongoja por los miles de muertos?

Porque esa misma gente que hace todo esto es la misma gente que nunca se sobresaltó cuando los muertos fueron acá.
Porque esa gente no solo no rezó por los muertos de acá sino que pensó que algo habrían hecho.
Porque esa gente es la misma que alguna vez justificó el holocausto argumentando que "y, bueno, eran judíos".
Porque esa misma gente, jamás, hizo circular fotos de las atrocidades ocurridas en los atentados de acá o de otros lugares del mundo.
Porque a esa misma gente le "llovió" que masacraran a otros pueblos.

Es como se dice siempre, "los yanquis estornudan y nosotros nos resfriamos".

La verdad es que, en algún punto, siento que me ofende toda la cosa lacrimógena que se ha desatado con relación a este tema; porque me da la sensación de que se está valorando la vida en función de la nacionalidad del muerto, y toda vida humana vale lo mismo. Me afectan estas muertes, como me afectaron y me afectarán otras muertes que jamás le importaron a ninguno de los que están haciéndose eco de estas campañas.

Creo que, sencillamente, el tema pasa (tal vez a nivel inconsciente) porque las torres gemelas eran el lugar donde casi todos (no es mi caso) soñaban con sacarse una foto.

Luis Morales Torres - 14 de septiembre de 2001

jueves, 19 de julio de 2001

La Argentina decadente

Los autoexcluidos de la realidad nacional

Los políticos viven, cada vez más, apartados de la realidad; y cuando hablamos de políticos no nos referimos solo a los dirigentes, sino también a la militancia.

Quién milita en política se supone que lo hace, en la inmensa mayoría de los casos, para ayudar a la gente; y la gente tiene, en la inmensa mayoría de los casos, la sensación de que lo hace para beneficiarse con algún tipo de prebenda. Dijo el ex vicepresidente Carlos Alvarez, al momento de renunciar, que sentía vergüenza por la visión que los jóvenes tenían de la política y los políticos.

¿Alguien se puso, seriamente, a pensar cuál es la causa y cómo se soluciona?¿Alguien pensó, por un instante, por qué se produce este divorcio entre la sociedad y la autodefinida “clase política”? ¿Alguien se detuvo a pensar qué es la clase política? ¿Es una clase social? ¿Es una clase económica?

El hecho de que, casi a diario, escuchemos hablar (y hablemos) de una “clase política” no hace más que marcar la diferencia entre quienes están y quienes no. Y, como dice cierto slogan publicitario, “pertenecer tiene sus privilegios”. Y eso es lo que la mayoría de la gente cree.

No alcanza con que en plena campaña se declame que “estamos con la gente”; ya que, si se les hace necesario contarle a la gente que están con ellos, ha de ser porque la presencia no es muy notoria que digamos... y, seamos honestos, a todos nos molesta que nos quieran hacer creer algo que resulta imposible ver.

Se habla permanentemente de que este modelo económico es un modelo que excluye a la mayoría de la gente, y no es tan así: quien excluye a la mayoría de la gente es el modelo político, y ese es el mayor problema que enfrentamos.

La militancia política ha ido convirtiendo en vicio el hablar entre ellos, y solo entre ellos. Se construyen realidades virtuales dentro de los locales partidarios; donde poco tiene que ver esa realidad que se construye desde el análisis con la que transcurre a escasos metros de allí, en la vereda.

Se sigue equivocando el camino, y cada vez se apartan más del camino del pueblo. El pueblo transita un camino, de tierra, sin mantenimiento y con destino desconocido; mientras, los políticos, transitan una autopista privatizada por ellos mismos, por peaje, subsidiada con los impuestos que pagan quienes van por el camino de tierra, y con destino a un barrio privado.

No es por culpa del modelo económico que el pueblo haya sido excluido; digámoslo de una vez por todas, la exclusión es política y es autogenerada desde la dirigencia.

Hace tantos años que no quiero recordar cuántos, se hablaba de “los autoexcluidos de la unidad nacional”; detengámonos a pensar por un instante si los políticos no son los autoexcluidos de la realidad nacional.

La decadencia política

Hoy hubo (o hay) un paro general; y mañana (y días siguientes), muy seguramente, se debatirá sobre el grado de acatamiento y las posibles consecuencias... pero ¿algo cambió? Probablemente nada; y, si algo cambió, difícilmente haya podido cambiar para bien.

En la Argentina hay una profunda crisis a la que se llegó como producto de una larga decadencia; y este, más que ningún otro, es tiempo de propuestas. Lamentablemente las propuestas serias para salir adelante no son propuestas de corto plazo; y por ello, precisamente, se hacen más urgentes.

Se habla muchas veces de la falta de seguridad como el problema mayor que enfrentamos, circunscribiendo el tema a los robos. Pero el tema de la falta de seguridad es mucho más profundo.

La inseguridad argentina es estructural; porque no genera seguridad la justicia, no generan seguridad nuestros representantes, no generan seguridad las fuerzas de seguridad, no genera seguridad nuestro gobierno, y no tenemos, siquiera, la seguridad de llegar a fin de mes sabiendo que vamos a cobrar nuestro sueldo.

La nuestra es, en los papeles, una democracia representativa, pero el sistema de representatividad está quebrado. Nadie cree que sus representantes lo representen.

Es evidente que hay que cambiar los métodos. Hay que cambiar la lógica política con la que se gobierna desde que asumió Menem, y que este gobierno compró a paquete cerrado:

  • Hay que “desdemonizar” la política y revitalizar el papel de los partidos
    Hay que fortalecer el sistema político participando; para lograr, desde las bases, trasformar las cosas desbancando a todos los que desconocen algo tan simple como la realidad y que viven rodeados de gente que está en la misma situación. Hay que generar un nuevo modelo en el que los representantes sean (aunque parezca obvio) representativos de los intereses del pueblo; desplazando, para ello, a las lacras que están enquistadas en los partidos políticos escudándose en ideologías que siguen siendo válidas pero que, una vez llegados al poder, parecen olvidar.


  • Hay que “deseconomizar” la política.
    Hay que buscar cuadros técnicos de todas las áreas que conforman un gobierno. No en vano las áreas de un gobierno son muchas y claramente diferenciadas. Los ministros, secretarios, subsecretarios, y demás deberían ser, aunque parezca una perogrullada, personas especialistas en los temas en cuestión; pensemos, por un segundo, por qué el canciller (por citar un ejemplo) ha de ser un economista (pensemos que los últimos fueron Cavallo, Di Tella y Rodríguez Giavarini). Comprendamos, de una vez por todas, que a los economistas no les podemos pedir moral, apenas les podemos pedir que hagan cerrar los números (sin que, en la mayoría de los casos, les importe el costo).

Hay que generar nuevos métodos de protesta que sean tan efectivos como “no nocivos” para los intereses del país y del pueblo. No es que no haya que protestar, pero hay que asumir que un paro o un corte de rutas no sirven. El paro y el corte de rutas son métodos que se han agotado y no aportan absolutamente nada.

Hay que utilizar métodos que no fomenten la lucha de pobres contra pobres.

  • si los choferes de colectivos, o los empleados del ferrocarril, están disconformes con sus condiciones de trabajo, que asuman que con un paro solo logran perjudicar al resto de los trabajadores; entonces (por ejemplo), que dejen subir a los pasajeros sin cobrar los boletos.


  • y, en otros rubros, es cuestión de buscar la forma en la que las consecuencias de la protesta “las sufran” aquellos contra los que se protesta y no aquellos que nada tienen que ver y que son nuestros iguales. Aunque más no sea, por una cuestión de coherencia y respeto.

Y no faltará quien diga que con estos métodos se juegan el puesto de trabajo, y que con los métodos tradicionales de protesta no... es tiempo de que en la Argentina se empiecen a valorar dos cosas que, por no cotizar en la bolsa, han quedado en el olvido: la dignidad y las agallas.

La decadencia cultural

La otra gran necesidad es una transformación cultural; y será, seguramente, un proceso que demandará décadas. El problema cultural y educativo se convierte en un círculo vicioso que se realimenta permanentemente; ya que, desde el poder, se apunta a la pauperización del sistema educativo como una política de dominación.

El pueblo argentino tiene una paupérrima cultura política, que es consecuencia de un error imperdonable cometido por los partidos políticos populares: nunca se preocuparon por la formación política del pueblo, formación política que resulta imprescindible para que el pueblo sepa diferenciar cuál proyecto político defiende sus intereses y cuál no. Por otra parte; esta, y no otra; es la causa por la cual nadie se ha preocupado por formar al pueblo: si el pueblo no abre los ojos, es más fácil "venderle pescado podrido".

Menem no podría haber hecho todo lo que hizo si no se hubiera apoyado en la falta de educación popular. La campaña sistemática en contra de los políticos y la política (asimilada como consecuencia de la falta de cultura política) hicieron buena parte del resto.

Y, de la mano de esa sistemática campaña llevada a cabo desde el menemismo, el pueblo tomó una actitud de indiferencia suicida.

El rol del Estado

Todo Estado tiene tres obligaciones indelegables: educación, salud y justicia; el resto se discute, en función de la orientación política que pueda tener el gobierno.

Nuestro país no cumple eficientemente ninguna de las tres ¿Por qué?

En Cuba existen determinado tipos de cosas que son aberrantes, producto de ser el gobierno cubano una dictadura. Pero en Cuba la gente tiene garantizadas la educación y la salud; y en Cuba, recordemos, hay cosas que son aberrantes por tratarse de una dictadura. ¿Puede decir nuestro gobierno que garantiza la educación y la salud de TODOS sus habitantes con la misma calidad con que lo hace el gobierno de Cuba? En absoluto... y en cuanto a justicia, en el mejor de los casos corren parejo.

¿Cómo hace Cuba para tener el sistema educativo y de salud que tiene? Porque Cuba es un país bastante más pobre que la Argentina. ¿Cuál es el riesgo-país de Cuba? Probablemente a nadie le importe...

Cuba es lo que es, y Fidel sigue en el poder (independientemente de las consideraciones de valor que se puedan hacer sobre la falta de libertad), porque apostaron desde el comienzo de la Revolución a la educación de su pueblo. Si el pueblo cubano tuviese el nivel educativo del pueblo argentino, Fidel no hubiera durado ni un segundo. Pero ellos saben reconocer quiénes son y dónde están sus verdaderos enemigos, nosotros no.

Nuestro peor enemigo está en nosotros mismos: en nuestra indiferencia, en nuestra pasividad, en nuestra desaparecida capacidad de asombro, en nuestra falta de ideas, en nuestra mediocridad, en nuestra falta de solidaridad, en nuestra falta de compromiso, en nuestra falta de objetivos comunes, en nuestro individualismo, en el “sálvese quien pueda”...

Mientras más demoremos el cambio, más difícil será que veamos los beneficios.

Luis Morales Torres - 19 de julio de 2001

sábado, 24 de marzo de 2001

De cómo el enemigo cambió sus métodos, y nosotros no

Hace 25 años comenzaba la dictadura. “La última”, como la llamó Enrique Vázquez. Hace 25 años se utilizaba por última vez el viejo método para lograr un quiebre institucional.

Hoy, 25 años después: han cambiado los actores, han cambiado las circunstancias, han cambiado los métodos; pero siguen vigentes las mismas banderas.

Ya no queda ni el recuerdo

La Argentina y el mundo enfrentan nuevos escenarios. El significado de la globalización es todavía incierto, en especial para países como el nuestro.

Algunos se empeñan en negar las nuevas realidades de este fin de siglo. Cierran los ojos e imaginan que es posible retomar senderos de desarrollo por los que se alcanzaron éxitos en tiempos pasados. Otros, en cambio, creen que las políticas de una nación derivan de un “pensamiento único” que se presenta como necesario e ineludible.

La Alianza se opone a esta falsa opción. Reconoce los cambios que se están produciendo en el mundo y en nuestro país. Advierte las oportunidades, pero también las amenazas que ellos encierran. Rechaza la idea de que sólo existe un camino, un único pensamiento posible, porque ello llevaría al fin de las esperanzas y de la política entendida como la capacidad de una Nación para definir su presente y construir su destino.

La Alianza niega, por otra parte, la contraposición entre eficiencia e ideales. Se propone desarrollar eficazmente un programa que permita a la sociedad argentina alcanzar sus objetivos de progreso y equidad. Reivindica, además, la voluntad colectiva de construir una sociedad más justa, más rica, más equitativa. Una sociedad de progreso y de igualdad de oportunidades. Sabemos administrar el camino hacia ese futuro. Reconocemos que los ideales sin una buena gestión son un sueño inalcanzable. Pero, la mejor de las gestiones sin ideales se vuelve ciega y estéril.

El crecimiento de la economía y el desarrollo social han sido presentados como opuestos. Esta disyuntiva es falsa. No existe un camino viable hacia el desarrollo que pase por la exclusión de los ciudadanos, ni una política para el bienestar que ignore los obstáculos y los desafíos técnicos. El programa de la Alianza aplicará con energía y eficacia políticas que integren el crecimiento de la economía y el desarrollo social.

Vamos a cambiar el rumbo. Creemos en la Argentina como un destino común y solidario, organizada como una república democrática moderna y gobernada por funcionarios y mandatarios capaces y honestos. Nos imponemos la eficiencia para aumentar la equidad. Queremos una sociedad abierta para ser más fuertes como Nación.

Algún desprevenido podrá preguntar quién fue el “delirante” que escribió esto, y vaya uno a saber quién lo escribió; pero lo que si se sabe es que uno de sus cinco firmantes era nuestro actual presidente de la Nación. Este texto es parte de la introducción a la “Carta a los Argentinos” que la cúpula de la Alianza hizo pública el 10 de agosto de 1998.

Otra vez las corporaciones

Nuevamente, como siempre desde 1810 en la historia argentina, han triunfado las corporaciones. Más allá de que, tal como se presentan las circunstancias que conforman la actual coyuntura, no queda, por el bien del país, otra salida; lo cierto es que sólo sirve para demostrar que el poder no está en manos de quien gobierna.

Hoy, quizás más que nunca, se hacen evidentes para cualquier ciudadano los postulados de "La contradicción fundamental". El antipueblo ha salido a destruir el sistema político‑institucional con renovadas energías; y ya no desde la trinchera militar, sino desde la barricada financiera.

Han sentado un trágico precedente: cuando un gobierno no les gusta, lo obligan a que se vaya solo; ya no necesitan de la fuerza para echarlo. Lo que es más trágico aún es que han conseguido que vastos sectores del campo popular, confundidos y atormentados por la crisis, no supiesen reconocer a los verdaderos responsables de sus penurias y reclamasen cualquier tipo de solución; soluciones estas que, en la mayoría de los casos, pasaban por una fractura del orden constitucional.

¿Parece exagerado decir esto en las actuales circunstancias? puede ser; pero la verdad es que todo esto fue dicho el 16 de junio de 1989, cuando una maniobra encabezada e iniciada por Domingo Felipe Cavallo terminaba con el gobierno encabezado por Raúl Alfonsín (y con el sueño de muchos).

La imagen no es nada

A contrapelo de cierta publicidad multinacional en la que “la imagen no es nada”, en estos tiempos sólo importa la imagen; y la máxima referencia a esta filosofía la tenemos si nos paramos en la Plaza de Mayo: desde la pirámide tendremos la vista de una casa de gobierno impecable, pintada y mantenida; pero bastará dar unos cuantos pasos para descubrir que sólo es así la fachada, y que a sólo medio metro del frente existe un edificio viejo, descascarado y mugroso.

¿Qué pasó en la Argentina en los últimos 15 años?

¿Cómo fue que llegamos hasta aquí?

Hace apenas un año y medio votamos la fórmula presidencial de la Alianza para que produjera un profundo cambio en la Argentina y hoy asistimos a la profundización del modelo preexistente.

Hace doce años acusábamos a Cavallo de ser el causante de nuestra desgracia, de haber boicoteado la acción de gobierno y llevar el país al caos para con ello lograr el triunfo de Menem, de traición a la Patria; y hoy vemos como se lo entroniza y convierte en el salvador de la Nación.

Hace alrededor de una década hablábamos de Menem como una mala copia del protagonista de la novela “Desde el Jardín”, y hoy deberíamos comenzar a hablar de De la Rúa como una mala copia de Menem.

Nos encontramos, tal vez, ante el Menem rubio que el establishment soñaba (como un reconocimiento tácito del racismo que siempre se negó en nuestro país); porque si algo no encajaba en esta moda de poner la imagen ante todo, era que Menem es petiso y morocho... pero apareció De la Rúa y se solucionó el problema.

El Menem rubio

¿Qué diferencias hay entre De la Rúa y Menem? Casi ninguna. Si las pocas diferencias que hay son para peor (Menem, mal que nos pese, era entrador y simpático), y hasta sus hijos se parecen a los del ex presidente.

El peor de los errores del gobierno de De la Rúa fue “comprar” la lógica política del menemismo. Por eso es que se dieron en estos pocos meses los problemas que se dieron: denuncias de corrupción en el PAMI, de compra de legisladores, etc. Quiso hacer lo mismo, pero sin saber cómo hacerlo.

Hay quienes dicen, hoy, que la Alianza está casi muerta; y es cierto. La Alianza se encuentra camino al cementerio, en tanto y en cuanto, no se decida a poner las cosas blanco sobre y negro y decir, sin pelos en la lengua, que este presidente traicionó el sentido y el programa de la Alianza. Los hacedores de la Alianza han ido renunciando uno a uno, y hoy en el gobierno sólo falta Alsogaray. ¿De qué unidad nacional se está hablando? ¿Es que no comprenden que más allá de Recoleta hay todo un país que vive distinto y piensa diferente?

¿Hasta cuando vamos a seguir callando? ¿Hasta cuando vamos a seguir tragando sapos? ¿Hasta cuando vamos a seguir pensando que la magia existe y que todo, mágicamente, se solucionará?

El nuevo juego de los viejos enemigos

¿Será casualidad? ¿Será cierto?

¿Por qué, ante cada situación de crisis, aparece siempre la misma “figura” como posible salvador?

En tiempos de la dictadura, cuando se hacía necesario transferir la deuda externa.

En tiempos de Alfonsín, cuando se hacía necesario romper de forma atípica con el orden constitucional

En tiempos de Menem, cuando tres Ministros de economía habían intentado sin suerte casi una decena de planes

En tiempos de la Alianza, ahora, cuando desde el primer día se boicotearon los planes de Machinea.

Es evidente que Cavallo es “el hombre”, el hombre de confianza de nuestro enemigo para manejar nuestra coyuntura. Nuestros enemigos aprendieron de la historia, y cambiaron sus métodos. Si al fin y al cabo, y caído el muro de Berlín, sólo les interesa el manejo de nuestra economía... ¿para qué más?

Es entonces cuando se impone que cambiemos nuestros métodos, que cambiemos nuestras actitudes, que tomemos conciencia de la situación. Si alguna vez dijimos que las fuerzas armadas y de seguridad eran los enemigos del pueblo, digamos claramente que hoy los enemigos del pueblo son “los mercados” (eufemismo con el cual se ha dado en llamar a la oligarquía del cambio de milenio). Dejemos de rendir pleitesía a 10 ó 15 personas que manejan nuestras vidas en la Bolsa, la timba de los ricos, con menos plata que la que se junta como pozo cada semana en cualquier juego de azar, la timba de los pobres.

Somos más, tenemos más, podemos más. Digamos basta y no nos dejemos extorsionar más, y salgamos a luchar por lo que nos corresponde. Dejemos de mirar preocupados lo que pasa en un club privado del microcentro para ver lo que pasa a sólo diez cuadras de allí, en Retiro o San Telmo (ni hablemos de lo que pasa más allá).

¿Hasta cuando vamos a seguir hablando de las dictaduras militares (que destruyeron nuestro pasado) sin darnos cuenta de que hoy y ahora somos víctimas de las dictaduras económicas y monetarias (que destruyen nuestro presente)?

Cavallo no es la solución, como no lo era López Murphy. Pero fue una buena jugada del enemigo; porque después de López Murphy, Cavallo parece socialista. ¿Qué diría Grispun si viera esto? (han pasado sólo 16 años...)

¿Qué diría Illia? ¿Qué diría Yrigoyen? ¿Qué diría Alem?

Digámoslo nosotros: ¡¡BASTA!!

Ha llegado la hora de asumir nuestra responsabilidad histórica: trabajar hasta el agotamiento por la Liberación Nacional. Si así no lo hacemos, la Patria nos lo demandará.

Luis Morales Torres - 24 de marzo de 2001