jueves, 19 de julio de 2001

La Argentina decadente

Los autoexcluidos de la realidad nacional

Los políticos viven, cada vez más, apartados de la realidad; y cuando hablamos de políticos no nos referimos solo a los dirigentes, sino también a la militancia.

Quién milita en política se supone que lo hace, en la inmensa mayoría de los casos, para ayudar a la gente; y la gente tiene, en la inmensa mayoría de los casos, la sensación de que lo hace para beneficiarse con algún tipo de prebenda. Dijo el ex vicepresidente Carlos Alvarez, al momento de renunciar, que sentía vergüenza por la visión que los jóvenes tenían de la política y los políticos.

¿Alguien se puso, seriamente, a pensar cuál es la causa y cómo se soluciona?¿Alguien pensó, por un instante, por qué se produce este divorcio entre la sociedad y la autodefinida “clase política”? ¿Alguien se detuvo a pensar qué es la clase política? ¿Es una clase social? ¿Es una clase económica?

El hecho de que, casi a diario, escuchemos hablar (y hablemos) de una “clase política” no hace más que marcar la diferencia entre quienes están y quienes no. Y, como dice cierto slogan publicitario, “pertenecer tiene sus privilegios”. Y eso es lo que la mayoría de la gente cree.

No alcanza con que en plena campaña se declame que “estamos con la gente”; ya que, si se les hace necesario contarle a la gente que están con ellos, ha de ser porque la presencia no es muy notoria que digamos... y, seamos honestos, a todos nos molesta que nos quieran hacer creer algo que resulta imposible ver.

Se habla permanentemente de que este modelo económico es un modelo que excluye a la mayoría de la gente, y no es tan así: quien excluye a la mayoría de la gente es el modelo político, y ese es el mayor problema que enfrentamos.

La militancia política ha ido convirtiendo en vicio el hablar entre ellos, y solo entre ellos. Se construyen realidades virtuales dentro de los locales partidarios; donde poco tiene que ver esa realidad que se construye desde el análisis con la que transcurre a escasos metros de allí, en la vereda.

Se sigue equivocando el camino, y cada vez se apartan más del camino del pueblo. El pueblo transita un camino, de tierra, sin mantenimiento y con destino desconocido; mientras, los políticos, transitan una autopista privatizada por ellos mismos, por peaje, subsidiada con los impuestos que pagan quienes van por el camino de tierra, y con destino a un barrio privado.

No es por culpa del modelo económico que el pueblo haya sido excluido; digámoslo de una vez por todas, la exclusión es política y es autogenerada desde la dirigencia.

Hace tantos años que no quiero recordar cuántos, se hablaba de “los autoexcluidos de la unidad nacional”; detengámonos a pensar por un instante si los políticos no son los autoexcluidos de la realidad nacional.

La decadencia política

Hoy hubo (o hay) un paro general; y mañana (y días siguientes), muy seguramente, se debatirá sobre el grado de acatamiento y las posibles consecuencias... pero ¿algo cambió? Probablemente nada; y, si algo cambió, difícilmente haya podido cambiar para bien.

En la Argentina hay una profunda crisis a la que se llegó como producto de una larga decadencia; y este, más que ningún otro, es tiempo de propuestas. Lamentablemente las propuestas serias para salir adelante no son propuestas de corto plazo; y por ello, precisamente, se hacen más urgentes.

Se habla muchas veces de la falta de seguridad como el problema mayor que enfrentamos, circunscribiendo el tema a los robos. Pero el tema de la falta de seguridad es mucho más profundo.

La inseguridad argentina es estructural; porque no genera seguridad la justicia, no generan seguridad nuestros representantes, no generan seguridad las fuerzas de seguridad, no genera seguridad nuestro gobierno, y no tenemos, siquiera, la seguridad de llegar a fin de mes sabiendo que vamos a cobrar nuestro sueldo.

La nuestra es, en los papeles, una democracia representativa, pero el sistema de representatividad está quebrado. Nadie cree que sus representantes lo representen.

Es evidente que hay que cambiar los métodos. Hay que cambiar la lógica política con la que se gobierna desde que asumió Menem, y que este gobierno compró a paquete cerrado:

  • Hay que “desdemonizar” la política y revitalizar el papel de los partidos
    Hay que fortalecer el sistema político participando; para lograr, desde las bases, trasformar las cosas desbancando a todos los que desconocen algo tan simple como la realidad y que viven rodeados de gente que está en la misma situación. Hay que generar un nuevo modelo en el que los representantes sean (aunque parezca obvio) representativos de los intereses del pueblo; desplazando, para ello, a las lacras que están enquistadas en los partidos políticos escudándose en ideologías que siguen siendo válidas pero que, una vez llegados al poder, parecen olvidar.


  • Hay que “deseconomizar” la política.
    Hay que buscar cuadros técnicos de todas las áreas que conforman un gobierno. No en vano las áreas de un gobierno son muchas y claramente diferenciadas. Los ministros, secretarios, subsecretarios, y demás deberían ser, aunque parezca una perogrullada, personas especialistas en los temas en cuestión; pensemos, por un segundo, por qué el canciller (por citar un ejemplo) ha de ser un economista (pensemos que los últimos fueron Cavallo, Di Tella y Rodríguez Giavarini). Comprendamos, de una vez por todas, que a los economistas no les podemos pedir moral, apenas les podemos pedir que hagan cerrar los números (sin que, en la mayoría de los casos, les importe el costo).

Hay que generar nuevos métodos de protesta que sean tan efectivos como “no nocivos” para los intereses del país y del pueblo. No es que no haya que protestar, pero hay que asumir que un paro o un corte de rutas no sirven. El paro y el corte de rutas son métodos que se han agotado y no aportan absolutamente nada.

Hay que utilizar métodos que no fomenten la lucha de pobres contra pobres.

  • si los choferes de colectivos, o los empleados del ferrocarril, están disconformes con sus condiciones de trabajo, que asuman que con un paro solo logran perjudicar al resto de los trabajadores; entonces (por ejemplo), que dejen subir a los pasajeros sin cobrar los boletos.


  • y, en otros rubros, es cuestión de buscar la forma en la que las consecuencias de la protesta “las sufran” aquellos contra los que se protesta y no aquellos que nada tienen que ver y que son nuestros iguales. Aunque más no sea, por una cuestión de coherencia y respeto.

Y no faltará quien diga que con estos métodos se juegan el puesto de trabajo, y que con los métodos tradicionales de protesta no... es tiempo de que en la Argentina se empiecen a valorar dos cosas que, por no cotizar en la bolsa, han quedado en el olvido: la dignidad y las agallas.

La decadencia cultural

La otra gran necesidad es una transformación cultural; y será, seguramente, un proceso que demandará décadas. El problema cultural y educativo se convierte en un círculo vicioso que se realimenta permanentemente; ya que, desde el poder, se apunta a la pauperización del sistema educativo como una política de dominación.

El pueblo argentino tiene una paupérrima cultura política, que es consecuencia de un error imperdonable cometido por los partidos políticos populares: nunca se preocuparon por la formación política del pueblo, formación política que resulta imprescindible para que el pueblo sepa diferenciar cuál proyecto político defiende sus intereses y cuál no. Por otra parte; esta, y no otra; es la causa por la cual nadie se ha preocupado por formar al pueblo: si el pueblo no abre los ojos, es más fácil "venderle pescado podrido".

Menem no podría haber hecho todo lo que hizo si no se hubiera apoyado en la falta de educación popular. La campaña sistemática en contra de los políticos y la política (asimilada como consecuencia de la falta de cultura política) hicieron buena parte del resto.

Y, de la mano de esa sistemática campaña llevada a cabo desde el menemismo, el pueblo tomó una actitud de indiferencia suicida.

El rol del Estado

Todo Estado tiene tres obligaciones indelegables: educación, salud y justicia; el resto se discute, en función de la orientación política que pueda tener el gobierno.

Nuestro país no cumple eficientemente ninguna de las tres ¿Por qué?

En Cuba existen determinado tipos de cosas que son aberrantes, producto de ser el gobierno cubano una dictadura. Pero en Cuba la gente tiene garantizadas la educación y la salud; y en Cuba, recordemos, hay cosas que son aberrantes por tratarse de una dictadura. ¿Puede decir nuestro gobierno que garantiza la educación y la salud de TODOS sus habitantes con la misma calidad con que lo hace el gobierno de Cuba? En absoluto... y en cuanto a justicia, en el mejor de los casos corren parejo.

¿Cómo hace Cuba para tener el sistema educativo y de salud que tiene? Porque Cuba es un país bastante más pobre que la Argentina. ¿Cuál es el riesgo-país de Cuba? Probablemente a nadie le importe...

Cuba es lo que es, y Fidel sigue en el poder (independientemente de las consideraciones de valor que se puedan hacer sobre la falta de libertad), porque apostaron desde el comienzo de la Revolución a la educación de su pueblo. Si el pueblo cubano tuviese el nivel educativo del pueblo argentino, Fidel no hubiera durado ni un segundo. Pero ellos saben reconocer quiénes son y dónde están sus verdaderos enemigos, nosotros no.

Nuestro peor enemigo está en nosotros mismos: en nuestra indiferencia, en nuestra pasividad, en nuestra desaparecida capacidad de asombro, en nuestra falta de ideas, en nuestra mediocridad, en nuestra falta de solidaridad, en nuestra falta de compromiso, en nuestra falta de objetivos comunes, en nuestro individualismo, en el “sálvese quien pueda”...

Mientras más demoremos el cambio, más difícil será que veamos los beneficios.

Luis Morales Torres - 19 de julio de 2001