lunes, 14 de enero de 2002

La Argentina caníbal

Estamos en un momento crucial de nuestra historia.

Muchos hablan de la proximidad de una guerra civil, pero eso es inexacto; porque en una guerra hay bandos en pugna que, tras dirimir sus diferencias, imponen sus criterios unos a otros. Ganadores y perdedores. Vencedores y vencidos. La Argentina se encuentra hoy ante una situación mucho más peligrosa: estamos al borde de la anarquía y la desintegración social.

La profunda decadencia y degradación en la que fuimos cayendo a lo largo de la última década han convertido a la sociedad argentina en una sociedad caníbal que se está autodeglutiendo.

Nada es estable ni perdura. Todo es fagocitado casi antes de nacer. Las agrupaciones políticas y sus dirigentes tienen ciclos de vida tan efímeros que nacen, crecen y llegan a su apogeo en lapsos tan breves que, cuando se presentan a elecciones, ya están desgastados.

El sistema político está herido de muerte; producto de la ineptitud, autismo e indiferencia de su dirigencia.

El 20 de diciembre cruzamos una frontera; y al cruzarla vimos el fin de un gobierno y, muy probablemente, el fin de un sistema político. Porque la gente no echó solo a De la Rúa, ni echó sólo a la UCR (que prefirió doblarse antes que romperse); la gente pidió a gritos "que se vayan todos".

La sociedad, encolerizada y con una actitud que pasará a la historia, salió a la calle a "tomar la Bastilla"; y hay que tener claro que esa situación era total y absolutamente previsible, y que casi nadie dentro del espectro político hizo nada para evitarlo.

Y vinieron los recambios presidenciales. A De la Rúa le siguió Puerta, a Puerta le siguió Rodríguez Saá, a Rodríguez Saá le siguió Camaño, y a Camaño le siguió Duhalde. Nos hemos fagocitado cuatro presidentes, y eso no es institucionalmente sano.

Y así como muchas veces habíamos anticipado que la dirigencia política se estaba distanciando, sin retorno, del camino del pueblo -también habíamos dicho que había que generar nuevos métodos de protesta que fuesen tan efectivos como "no nocivos" para los intereses del país y del pueblo. Que el paro y el corte de rutas eran métodos que se habían agotado y no aportaban absolutamente nada.

Había que generar, decíamos, métodos que no fomentaran la lucha de pobres contra pobres. Y surgió el cacerolazo, como un llamado de atención a una clase dirigente que, indiferente, no escuchaba al pueblo. Y el ruido de las cacerolas sacudió las estructuras del poder.

Pero esta Argentina caníbal e insaciable se está fagocitando ahora el método novedoso y pacífico de protesta. Porque el cacerolazo, tal y como ha sido concebido, se va a agotar en sí mismo; porque el ruido, cuando es permanente, produce abstracción y sordera.

Es cierto, hay que reconocerlo, los cacerolazos han demostrado cierta efectividad. Como consecuencia de los sucesivos cacerolazos se fueron Cavallo, De la Rúa y Grosso; y hoy el gobierno piensa en modificar el régimen del "corralito". Pero no menos cierto es que tiene el mismo vicio de origen que los métodos anteriores de protesta: se trata de una manifestación desideologizada y caótica que, independientemente de la abolición del "corralito" y otras negativas, no tiene propuestas concretas en positivo ni objetivos comunes a todos los que de ellos participan.

Cabría preguntarse cuál habrá sido el factor determinante para que la explosión popular se generara justo ahora; por qué habrá salido la gente a la calle ante esta coyuntura, y no
- hace 10 años, cuando Menem comenzó a rematar el país,
- o cuando se aprobó una privatización con un "diputrucho",
- o cuando se supo lo del Swiftgate,
- o lo de la leche de Vicco,
- o cuando se supo lo del contrabando de armas,
- o cuando volaron Río Tercero,
- o cuando lo de las coimas en el Senado
- o cuando recortaron sueldos y jubilaciones
- o cuando pasó cualquiera de las cosas que convirtieron a la década del '90 en la segunda década infame del siglo XX.

Y es probable que la respuesta sea que la explosión se generó ahora porque le han tocado (en forma directa) el bolsillo a la gente de las clases media y alta.

Porque ya nos habían tocado el bolsillo a todos con las privatizaciones, el desmedido crecimiento de la deuda, la caída del salario real y tantas cosas más; pero era algo indirecto, y mucha gente no lo quiso ver. La deuda externa crece y se sabe que está, pero no se la ve cara a cara. El "corralito", en cambio, nos cachetea cada vez que introducimos la mano en el bolsillo y lo encontramos vacío.

Y la protesta se está desnaturalizando porque, muy probablemente, si hoy se pudiera salir del "corralito" se acabarían los cacerolazos y volveríamos a la "normalidad". Porque los "caceroleantes" se olvidarían (en su gran mayoría) de la renuncia de la Corte Suprema y de algunas otras cosas que han reclamado, a la pasada, mientras apuntan cada vez más en forma exclusiva y única a la recuperación (merecida) del dinero.

Esta sociedad caníbal se va a fagocitar el cacerolazo, como método, porque el cacerolazo ya no es más una llamada de atención a una dirigencia sorda y autista; y porque, mientras el país se encuentra ante la posibilidad de la anarquía y la desintegración social (y de la mano del reclamo económico), se ha convertido en la egoísta manifestación de la mediocridad y el "bolsillismo" de los que nunca antes habían manifestado.

Luis Morales Torres - 14 de enero de 2002

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