miércoles, 24 de abril de 2002

La Argentina descompuesta

Nuestro país ha entrado en estado de descomposición. Es triste y suena mal, pero es así.

El caos económico y político provocado por tantos años de desgobierno y arreglos de cúpula a espaldas del pueblo han sumido al país en la más profunda miseria; miseria que llega a su máxima expresión en la desintegración social.

¿Cómo describir una realidad en la que nuestros legisladores -a los que se supone, por definición, representantes de la voluntad popular- deben legislar custodiados por la policía para evitar que el pueblo los ataque?

¿Cómo describir una realidad en la que, ante un ilícito, de quien primero se sospecha es de la policía?

¿Cómo entender un país en el que hace meses que el pueblo exige a los integrantes de los tres poderes del Estado que se vayan?

¿Cómo creer que se puede seguir adelante con un gobierno que no fue elegido por el pueblo, sino por un acuerdo de las cúpulas de los dos partidos políticos responsables de la crisis?

¿Cómo respetar a un gobierno que no es respetado ni por los dirigentes que lo pusieron ahí?

La mayoría de los analistas políticos se la pasan pensando en la posibilidad de un golpe de Estado; analizan y reanalizan los distintos movimientos de cada uno de lo actores de nuestra coyuntura con la intención de descubrir un complot que se gesta para avasallar la Constitución, pero ninguno parece darse cuenta de que eso ya está ocurriendo. Estamos, de nuevo y por desgracia, en una Dictadura.

No hay Estado de Derecho. Los poderes judicial y legislativo resisten, como pueden (y con la poca credibilidad que les queda), las extorsiones y amenazas que provienen del ejecutivo; y el pueblo está siendo tomado como rehén para presionar la sanción de alguna ley que contradice los intereses de la Nación.

La sociedad argentina ha llegado a un nivel de pauperización tal que, cosas más que básicas como el trabajo y la comida, se han convertido en algo fuera de lo normal; y el libre y equitativo acceso a la salud, a la educación y a la justicia se han convertido en artículos suntuarios de los que muchos ya ni se ocupan.

Se habla mucho de gente que está por debajo del umbral de la pobreza, o que tiene sus necesidades básicas insatisfechas; y se hace necesario plantearse qué son las necesidades básicas y cuál es el umbral de la pobreza, ya que debemos dejar de usar eufemismos y hablar con un lenguaje lo más claro posible: no hay gente que está por debajo del umbral de pobreza; hay gente que, lisa y llanamente, se está muriendo de hambre. Las necesidades básicas no pasan solo por comida o trabajo; si tenemos en cuenta esta premisa, descubriremos que el porcentaje de la población con las necesidades básicas insatisfechas es mucho mayor.

Pero debemos evitar caer en la estrategia del antipueblo, que a través de esta clase de eufemismos convierte a las víctimas de este plan de gobierno en meros datos estadísticos. No se habla de cosas concretas como qué se siente al no comer o no tener trabajo desde hace meses, se habla de números (prolijos y abstractos números).

Los derechos humanos están siendo violados en forma constante y sistemática por el gobierno y por el poder económico -que parecen pretender que nos sintamos conformes por el solo hecho de mantenernos con vida, y sin importar cuál es la calidad de esa vida. Pero eso también parece no importarle a nadie; porque de nuevo, ante la pauperización de nuestra sociedad, pareciera que solo importan, y hasta ahí no más, los artículos 3 (“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”) y 5 (“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.”) de la Declaración Universal de Derechos Humanos (¿a la seguridad de su persona? ¿tratos crueles, inhumanos y degradantes? ¿Qué es eso?).

Vimos el fin. El fin de un gobierno. Muy probablemente, también, el fin de un partido político. Pero nos estaríamos equivocando mucho si no nos diésemos cuenta de que, todo indica, puede ser el fin de un sistema.

La gente no ha echado solo a De la Rúa, ni ha echado solo a la UCR, la gente está pidiendo el fin de un sistema político.

La UCR prefirió doblarse antes que romperse. De la Rúa se comportó de forma autista; pero no fue solo De la Rúa, la totalidad de la dirigencia nacional (política, sindical, etc.) fue perdiendo contacto con la realidad nacional en los últimos años.

Los próximos días, o meses, serán cruciales y determinantes para nuestro futuro individual y colectivo.

Que Dios nos ayude.

Luis Morales Torres - 24 de abril de 2002