viernes, 8 de junio de 2007

Sobre la doble moral

En los últimos tiempos han impactado a la opinión pública un par de noticias relacionadas con “actividades extrañas” ocurridas en instituciones educativas:
Más allá de que ambas situaciones (en caso de haber ocurrido tal como se las describe) son indubitablemente reprobables, sería bueno saber qué parte de la noticia, y por qué, es la que escandaliza.

¿Molesta que haya sexo en un ámbito educativo?
¿Molesta que haya sexo en un lugar público?
¿Molesta que haya sexo entre docentes y alumnos?
¿Molesta que haya sexo entre más de dos personas?

Y acá vale la pena reflexionar acerca de muchas cosas que han venido pasando en nuestra sociedad a lo largo de los últimos años.

Hace muchos años que en nuestro país comenzó a tornarse difuso el límite entre lo público y lo privado:
  • Gobernantes que ejercen el poder como si el Estado les perteneciera, que se arrogan la potestad de hacer y deshacer sobre cosas que no les son propias, y que muestran impúdicamente como se han enriquecido a lo largo de los años en que se han desempañado como funcionarios públicos.
  • Personajes farandulescos que muestran obscenamente lo privado en espacios públicos, que en su afán por acceder a 15 minutos de fama no dudan en hacer cualquier cosa y se vanaglorian de sus intimidades como si no fuesen eso: intimidades.
  • Personas que acceden a lugares a los que nunca hubiesen podido acceder de no mediar que ostentan, como único mérito, ser o haber sido “amantes de ...”
Volviendo al tema...
Todo docente sabe, o debería saber, que debe mantener distancia con sus alumnos; y hablo de distancia física. Uno puede comprender a sus alumnos, estar cerca de ellos para ayudarlos a solucionar o soportar sus problemas, tener un trato cordial... pero manteniendo cierta distancia.

Existen múltiples razones para argumentar esto: desde lo ético y desde lo moral...
Porque al hablar de la relación entre un docente (hombre o mujer) con un alumno (hombre o mujer), básicamente hablamos de:
  • una relación en la que un alumno podría llegar a confundirse, a partir de la admiración o el deslumbramiento, pero en la que el docente debe permanecer incólume
  • una relación de poder donde uno está subordinado al otro

Pero en nuestra sociedad se maneja desde hace mucho tiempo un doble discurso y una doble moral que son irritantes; y no sólo desde el poder -nuestros gobernantes no vinieron de otro planeta, son meros emergentes de esta sociedad.

Porque mientras se condena (justificadamente) a quienes “supuestamente” (y hasta que se demuestre lo contrario es así) realizaron:

  • en Formosa una “fiesta hot” y
  • en Escobar una “orgía”

la inmensa mayoría de quienes encienden un televisor por las noches lo hacen para:

¿Hasta cuando vamos a seguir juzgando –y condenando- la moral ajena desde la doble moral propia?

lunes, 21 de mayo de 2007

¿De quién es la culpa?

Los docentes de Santa Cruz están en huelga, se acercan a los 40 días de paro desde el comienzo del ciclo lectivo... ¿qué cosa tan absurda reclaman como para que esta situación se mantenga después de tanto tiempo?

Reclaman un sueldo digno, nada más y nada menos.

No olvidemos que el “gran aumento” que se estipuló a principio de año para todos los docentes del país era en función de la línea de pobreza que calcula el INDEC. Sí, nos quieren hacer creer que son sueldos abultados y son en función de la línea de pobreza… de la que calcula el INDEC, encima.

No falta quienes alzan la voz planteando que “el sueldo de bolsillo” de los docentes santacruceños es uno de los más altos del país (olvidando que el costo de vida en Santa Cruz es también uno de los más altos del país); pero no menos cierto es que -a esa cifra- se llega merced a cobros “en negro” (que no faltará quien diga que no son en negro porque están en el recibo de haberes; pero olvidan decir que -cualquier empleador privado que pagara de esa forma- sería sancionado por el Ministerio de Trabajo).

Entonces…
¿quién tiene la culpa?
¿la intransigencia de los maestros?
¿quien demora semejante cantidad de tiempo en hacer una propuesta razonable?
¿quien congeló los sueldos hace más de una década (el actual presidente de la república, por si alguien no lo sabe)?

Se ha llegado al extremo de que el gobierno nacional apostó gendarmes en las escuelas. La ministra del área social, candidata a gobernadora, hermana presidencial y Senadora de licencia por Santa Cruz fue víctima de una “brutal agresión” (según los medios) cuando alguien le arrojó unos huevos y un poco de harina (a pesar de la custodia), con lo que se intentó dar vuelta la taba y convertir a las víctimas en victimarios y viceversa.

Está en la memoria colectiva lo que pasó en Neuquén hace pocos días. En medio de una protesta (por similares motivos) murió asesinado por la policía el Prof. Carlos Fuentealba. Los docentes neuquinos llevaban muchos días de paro cuando eso pasó.

En Salta también las huelgas han sido larguísimas (y reprimidas), como lo han sido en el Chaco el año último…

Y aquí me asaltan una serie de preguntas…
¿qué pasaría si los docentes de la Capital Federal o de la Provincia de Buenos Aires hicieran una huelga de 40 días?
¿sería posible una huelga de semejante magnitud en esos distritos?
¿será que a nadie le importa lo que pasa a más de cierta distancia de la casa de gobierno?
¿será que, como alguna vez me dijo alguien, basta mirar si los policías cobran mejor que los maestros para saber cuál es el proyecto de país que tiene un gobierno?

miércoles, 16 de mayo de 2007

Sobre la "emergencia vial"

En la Argentina de los últimos años se ha puesto de moda hablar de emergencias. Ha existido una emergencia económica, se ha hablado de emergencia sanitaria, de emergencia educativa, se habla de emergencia vial… pero nadie se ha puesto a pensar seriamente qué significa la declaración de la emergencia por parte del gobierno de turno.

En mi humilde opinión, la declaración de una emergencia es solo una reacción espasmódica que denota impotencia. Es algo así como un “esto me resulta incontrolable e inentendible y aviso que, a partir de este momento, voy a hacer cualquier cosa, aunque esté “fuera de la ley”, en un intento por encontrarle la vuelta”.

Si bien todas las “emergencias” son importantes; me voy a ocupar, momentáneamente, de lo que se denomina emergencia vial.

A partir de ciertos “accidentes” que han tenido mucha cobertura periodística se ha centrado la mirada en la situación de nuestro tránsito; sin reparar en que, mucho de lo que ocurre en nuestras calles, es solo una faceta más de lo que ocurre en toda nuestra sociedad.

A lo largo de la década de los noventa, la sociedad argentina vivió un proceso que conducía a un estado de anomia y anarquía que no va a ser fácilmente reversible. En esos años el Estado se fue desligando, poco a poco, de todas sus responsabilidades en lo que hace a control. Uno podía ver a diario cómo alguna gente tenía un obsceno cambio patrimonial que a nadie importaba, cómo comenzaba a valorarse a la gente en función del “tener” y no del “ser”, y (lo peor de todo) cómo no existía ningún régimen claro de premios y castigos. Se crearon organismos de control que nada controlan, y se permitió a las empresas privatizadas hacer lo que quisieran, situación que se mantiene hasta hoy.

Ese Estado ausente que nada controla, es el que debería controlar el tránsito vehicular. Esa anomia y anarquía a la que nos conducíamos no está ausente de nuestras calles… y, ante esto, los gobiernos de turno no saben cómo responder y toman medidas más que discutibles.

Comencemos a analizar la situación por el estado de nuestras calles, caminos y rutas. Muchas parecen haber sido el territorio en el que se desarrolló alguna batalla; sin embargo, nadie cree que el mal estado de las calzadas pueda influir en la producción de accidentes. La señalización es pésima, nadie que haya recorrido nuestras calles y rutas puede decir que uno puede desplazarse tranquilamente sin la ayuda de un mapa y sin preguntarle en ningún momento algo a algún “baquiano”; sin embargo, de nuevo, nadie cree que tener a un conductor desorientado y pendiente de la existencia de alguna señal que le indique hacia dónde debe ir (y no del manejo en sí) tenga que ver con la producción de accidentes.

¿Qué hacen ante esto nuestros gobiernos? ¿Encaran tareas preventivas? ¿Ponen en marcha un plan de saneamiento? No, apelan a la única estrategia que conocen: la represiva… Ponen en la calle miles de policías de tránsito (agentes o zorros, como se les llama vulgarmente) a labrar actas de infracción (con el único fin de recaudar) sin importarles que, cometida la infracción, el riesgo de accidente ya es inevitable. ¿Qué sentido tiene que, al día siguiente de un accidente en el que una combi cae de la autopista, se instrumente un plan para labrar actas de infracción sobre la autopista? (apelando, incluso, al mal gusto de denominarlo “Plan de seguridad vial autopistas seguras”).

¿Cuál es el criterio con el que se llama “ordenamiento del tránsito” a un plan para “sembrar” parquímetros? Lo único que se modifica es que los autos que antes estacionaban gratis ahora estacionarán pagando, pero seguirán estacionando… ¿en qué consiste, pues, el ordenamiento? en que ahora se recauda.

¿Cuál es el criterio con el que se instruye a un policía de tránsito a esconderse detrás de un árbol a labrar actas de infracción de cuanto auto pasa por una esquina (cometa una infracción o no)? ¿No sería mucho más saludable que esa persona estuviese “a la vista” y realizando una tarea preventiva? ¿Cuál es el criterio con el que se establecen las penas? ¿Alguien se puso a pensar seriamente cuál infracción es más peligrosa?

Sé que lo que voy a decir puede sonar “antipático” y no “queda” bien, pero… por ej.: ¿por qué es mayor la pena para quien pasa un semáforo en rojo que para quien circula a contramano? Quien circula a contramano está haciendo algo que es absolutamente imprevisible para los demás conductores; mientras que, quien pasa un semáforo en rojo, puede hacerlo tomando todas las precauciones del caso y sin generar ningún riesgo (tengamos en cuenta que hay infinidad de lugares en los que nadie se atrevería a detenerse por miedo a un robo, lo que se relaciona directamente con esto, ya que ese es otro territorio en el que el Estado ausente contribuye a generar anomia y anarquía). El verdadero riesgo de pasar un semáforo en rojo es que, quien lo haga, lo haga a una velocidad que evite cualquier acción preventiva, propia o ajena, y en ese caso el riesgo estaría dado por la velocidad y no por la violación de la luz roja.

Vienen a mi mente las imágenes que se transmitieron por televisión, captadas por una cámara de seguridad, del accidente que en Vicente López le costó la vida a un adolescente. En ellas se veía claramente cómo cinco minutos antes se retiraba la camioneta de la policía, y me pregunto ¿qué hubiese cambiado con la camioneta de la policía apostada en una calle transversal observando como pasaban los autos? Lo único distinto sería que hoy los policías podrían ser testigos del accidente, nada más.

Si lo que el Estado busca es disminuir la tasa de muertes en accidentes de tránsito, lo que debe hacer es implementar medidas preventivas y no represivas. No se logra nada (excepto engrosar la recaudación) con cobrar multas a diestra y siniestra.

Que quede claro: labrando actas de infracción no vamos a evitar muertes.

(Que no nos extrañe que, a partir de los hechos de ayer a la tarde en la estación Constitución, se declare la emergencia ferroviaria.)

Luis Morales Torres - 16 de mayo de 2007

Menos de una semana después de publicado esto, el gobierno nacional decidió quitarle la concesión a la empresa Metropolitanos; y entregarle los ferrocarriles Roca y Belgrano Sur (como ya lo había hecho con el San Martín) a un consorcio formado por las demás prestatarias del servicio (como si brindaran un servicio mejor que el de Metropolitanos...).
A raíz de esto tomé conocimiento de que, en el año 2002, el ex-presidente Duhalde había firmado un decreto declarando la emergencia ferroviaria... ¿Sirvió para algo? Creo que esto es una demostración más de que la declaración de la emergencia (en cualquier área que sea) es solo una patraña de gobiernos ineficientes que no tienen idea de cómo resolver eficientemente las cosas.

sábado, 24 de marzo de 2007

Recuerdos de la muerte

Hubo un tiempo en que todos, aunque no lo supiésemos, estuvimos muertos. ¿Cómo definir, si no, el tiempo en que estaba prohibido vivir? ¿Cómo definir, si no, el tiempo en que sólo se nos permitía morir?

Personalmente tuve varias experiencias que me marcaron, como el hecho de haber empezado el colegio secundario el 23 de marzo de 1976. El segundo día de clase fue una semana después, porque a partir del 24 se declaró asueto y no hubo clases.

Cuando volvimos nos encontramos con materias que cambiaban de nombre, como el caso de “ERSA” (Estudio de la Realidad Social Argentina) que pasó a denominarse “Formación Cívica” (¿en qué cabeza cabía que el nombre de algo pudiese incluir la palabra “social”?).

También nos encontramos otros cambios, como algunos docentes y preceptores nuevos... con el tiempo supimos que esa gente pertenecía a las fuerzas armadas y que estaban en el colegio “investigando” que todo estuviese bien, con ese extraño concepto de lo que era el bien y el mal que manejaban aquellas personas en aquellos tiempos.

Recuerdo muy bien las camionetas de la Fuerza Aérea a la salida del Colegio, en la puerta, con los “milicos” siempre dispuestos a revisar nuestras pertenencias en busca de algo sospechoso. No puedo olvidarme del caño de alguna pistola que se paseaba frente a mi cara sostenida por la misma mano que hojeaba mi carpeta en busca de vaya uno a saber qué.

Recuerdo que los menores de 18 teníamos permitido ir a bailar a los clubes, y que a la salida de los bailes nos esperaban los camiones de la policía para llevarnos para averiguación de antecedentes... y que, si teníamos “suerte”, se sabría de nosotros en los siguientes tres o cuatro días. También me acuerdo de los colectivos que circulaban “copados” por las fuerzas armadas y que levantaban incautos pasajeros (que venían de trabajar, estudiar, o dar una vuelta) con destino a un calabozo.

Recuerdo las campañas a través de los medios, contándonos que el país estaba en plena limpieza y que todo se lo debíamos a “ellos”. Recuerdo al Gral. Ramón Camps en ATC, entrevistado por José Gómez Fuentes, diciendo que: “si de 100 detenidos uno es culpable, se justifica la muerte de los 100”; y, lo peor, es que, aunque pueda parecer mentira, estaban matándonos de a cientos.

Recuerdo a un colectivero de la línea 15 que, una noche de 1981, saliendo del Club Obras Sanitarias, me “levantó” y me llevó hasta la Estación Rivadavia para que tomara el 117; y que me repetía frenéticamente “nunca más pases caminando por ahí” y me señalaba la ESMA.

Recuerdo al cuñado de un amigo, que fue “chupado” por cometer el error de llamarse igual que alguien a quien buscaban. Y estuvo desaparecido varias semanas, en las que lo torturaron preguntándole por cosas que desconocía; hasta un día en que un “señor” de uniforme le pidió perdón en nombre de las fuerzas armadas por el error cometido... y luego de eso lo torturaron otra vez y lo largaron desnudo frente a las puertas del Club GEBA.

Recuerdo los diarios tiroteos que uno escuchaba sin saber jamás qué había pasado. Las apariciones extrañas, como aquel camión de carnicería en Barrio Marina, con 20 cadáveres colgados del paladar. La campaña mediática antes y durante el mundial del ’78. La sorpresa, cuando descubrimos que nos sorprendía que en la tele no se hablara de algún secuestro o algún “enfrentamiento”. Las corridas del 30 de marzo de 1982. La campaña mediática durante la guerra de Malvinas.

Recuerdo que se prohibió un libro de física llamado “La cuba electrolítica” porque en su título estaba la palabra “cuba”.

Recuerdo un partido de la selección jugado en Suiza, en 1979, en el que se sobreimprimieron cartelitos que decían “ATC” sobre las tribunas... porque estaban tapizadas de carteles que decían “Videla asesino”.

Podría seguir recordando hechos de aquel tiempo en que estuve muerto; pero, en este momento, creo que la mejor forma de honrar mi vida, y la muerte de aquéllos que no tuvieron mi suerte, es seguir viviendo.

Luis Morales Torres - 24 de marzo de 2007